¿Qué educación?

En el anterior artículo dedicado a la sociedad dentro de esta triada (sociedad, educación, sindicato) que se nos propone para la reflexión, incluía la escuela dentro del conjunto de instituciones afectadas por la crisis sistémica en la que estamos.

Aunque pueda parecer una obviedad, conviene recordar que la escuela como forma institucional concreta de educar no es algo inmemorial sino que ha surgido y se ha expandido a partir de la Modernidad. Su matriz ha sido triple: la Ilustración y su propósito de extender la cultura y el conocimiento, “las luces”, a toda la ciudadanía; el surgimiento de los Estados-nación que tomaron para sí, en pugna con la Iglesia, la obligación de proporcionar el derecho a la educación convirtiendo a la vez la escuela en un instrumento privilegiado para crear identidad nacional; y, finalmente, la Revolución Industrial que, solapándose con todo lo anterior, necesitó crear un espacio netamente diferenciado para liberar de algunas cargas familiares la fuerza productiva a la vez que para disciplinar a la que más tarde se convertiría en ella. Naturalmente, no todo es instrumentalización, sino que la escuela es también per se un espacio educativo y socializador de primera magnitud.

Ocurre que el contexto histórico que propició su nacimiento ha cambiado sustancialmente y si de las regiones surgieron los estados, ahora estos se van sintiendo sobrepasados en una globalización imparable, no exenta de una agudización reactiva de los localismos. Pero en todo caso la gobernanza supranacional, sobre todo económica, supera y condiciona con creces las políticas de los Estado-nación y las identidades nacionales se ven cada vez más desbordadas por la multiculturalidad. Sucede también que, como vimos, el capitalismo también ha mutado y el modelo escolar que se hizo a su primera imagen por medio de las escuelas-fábricas ordenadas en aulas, alineadas en pupitres, organizadas en fracciones de tiempos y en saberes compartimentalizados y por niveles rígidos según edades ha perdido su sentido cuando el trabajo ya no se concentra tanto en grandes núcleos de producción y el mundo entero es una empresa en la que hay que venderse. Además la información digital ha abierto de par en par numerosas ventanas al mundo cuando antes la institución escolar era la primera y casi única ventana para ensanchar el perímetro del conocimiento.

En definitiva, la escuela va agravando su obsolescencia con los corolarios de desconcierto ante sus nuevos fines y funciones, desafección progresiva e incluso abierta insumisión del alumnado, malestar y desmoralización docente. La institución escolar que, aunque fue cuestionada por algunos teóricos que anunciaron su muerte en la segunda mitad del siglo XX, por el momento parece insustituible por su función de socialización y de acreditación académica, al menos en su actual diseño puede y debe ser cuestionada.

Como en otros aspectos sociales no nos encontramos en medio de la nada, pero ciertamente solo alcanzamos a atisbar muy de lejos por dónde pueden ir los cambios que permitan una redefinición radical de la escuela. Y los indicios, basados en pequeñas realizaciones parciales, apuntan a formas más permeables, flexibles, autodidactas,  interactivas, comunitarias y creativas. A falta de sistematizaciones muy acabadas las experiencias más llamativas de hoy en día apuntan en estas direcciones:

  • La superación del corsé del espacio interior rompiendo hasta donde es posible los límites del aula, superando el esquema un grupo-un docente, con agrupaciones más flexibles y cambiantes.
  • Las superación del corsé del muro escolar haciendo de la escuela centro social, con más porosidad e interactuación con su entorno, admitiendo su presencia en las aulas, o bien haciéndolas móviles e incrustando su quehacer en medio de la sociedad misma.
  • La superación del corsé del tiempo rompiendo con la rigidez de los horarios marcados por el timbre, las clasificaciones por niveles, las edades idóneas, las repeticiones y abriendo nuevas posibilidades a los diferentes ritmos de maduración y crecimiento.
  • La superación del corsé del currículo uniforme, desconectado en sus partes, avanzando hacia unidades de sentido más globales.
  • La superación de la unidireccionalidad del aprendizaje docente-discente, abriendo nuevas posibilidades a la investigación propia y en equipo, al aprendizaje entre iguales, reconfigurando el rol del profesorado no tanto como transmisor de conocimiento, sino como posibilitador del aprender a aprender y de las destrezas que permiten convertir la información en conocimiento.
  • La superación del libro de texto para entrar de lleno en el entorno digital, el aprendizaje de idiomas y la atención a otras formas de inteligencia.
  • La superación de la uniformidad institucional para crear respuestas propias y comunitarias desde la autonomía de cada centro.

Una última reflexión. Calidad, excelencia, competencia, autonomía, flexibilidad, trabajo en equipo, conectividad forman parte del nuevo universo conceptual del mundo educativo. En sí no son valores objetables, pero dependiendo del marco en que se inscriban pueden servir para atender mejor a los actuales requerimientos del mercado o para construir ciudadanía participativa y crítica. Reivindico una escuela imbuida de un humanismo que ayude al alumnado a repensar el mundo en que vive y actuar sobre él.

 

Gonzalo Larruzea

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